OpenAI prepara una de las salidas a bolsa más grandes y extrañas de la historia: una empresa que nació para desarrollar inteligencia artificial en beneficio de toda la humanidad ahora busca convencer a los mercados de que vale más de un billón de dólares.
Hay una pregunta que parece sencilla, pero que tiene a Wall Street intentando encontrar una respuesta: ¿cuánto vale una tecnología que no puedes tocar?
No una idea abstracta. Una tecnología que contesta preguntas, escribe código, ayuda a diagnosticar enfermedades, traduce documentos legales y mantiene conversaciones que a veces resultan indistinguibles de las humanas.
Una tecnología llamada inteligencia artificial.
OpenAI está a punto de responder esa pregunta de la manera más concreta posible: saliendo a bolsa.
Y los números que maneja son astronómicamente altos.
¿Cómo se hizo la IA tan valiosa?
Durante décadas, las empresas más valiosas del mundo siguieron una lógica relativamente comprensible.
Apple vale lo que vale porque hace iPhones. Son objetos físicos, millones de personas los compran cada año, puedes ir a una Apple Store y salir con uno en la mano. Microsoft vende software —Windows, Office, Xbox—, pero también infraestructura de cómputo que empresas de todo el mundo utilizan para funcionar. Google te da acceso a internet y te muestra anuncios. Amazon te entrega cosas en tu casa al día siguiente.
Hay una cadena de valor fácil de trazar:
Producto → usuario → ingreso → valor.
OpenAI funciona de otra manera.
No fabrica teléfonos. No tiene tiendas. No necesita producir una unidad física cada vez que consigue un nuevo usuario.
Su producto central —los modelos que procesan y generan texto, imágenes, código y razonamiento— existe como software ejecutado sobre enormes cantidades de infraestructura informática.
Dicho de otra forma: vende inteligencia.
Y resulta que la inteligencia, cuando está bien entrenada y puede ofrecerse a cientos de millones de personas, vale una cantidad de dinero con más ceros de los que podemos dimensionar.
OpenAI: de organización sin fines de lucro a gigante de un billón de dólares.
Si has usado ChatGPT aunque sea una vez, ya has interactuado con el producto principal de OpenAI. La empresa fue fundada en 2015 como una organización sin fines de lucro —sí, leyeron bien— con el objetivo declarado de desarrollar inteligencia artificial que beneficiara a toda la humanidad, no a unos cuantos accionistas.
Aquello duró lo que dura una promesa bonita frente a la realidad de construir algo de esta magnitud. Entrenar los modelos de IA que hacen posible ChatGPT requiere una cantidad de poder computacional difícil de dimensionar.
Estamos hablando de centros de datos llenos de chips especializados, funcionando durante meses y consumiendo cantidades de electricidad que rivalizan con las de ciudades medianas. Eso cuesta miles de millones de dólares.
Y una organización sin fines de lucro no puede conseguir fácilmente esa clase de capital. Entonces OpenAI creó una estructura híbrida: una organización sin fines de lucro que conserva funciones de control y una estructura comercial capaz de recibir inversión.
Microsoft entró con decenas de miles de millones de dólares. Luego vino más capital.
Y más.
En marzo de 2026, cerró la ronda de financiación privada más grande de la historia: 122 mil millones de dólares, con una valoración de 852 mil millones. Ahora viene el siguiente paso: salir a bolsa.
OpenAI presentó su solicitud de IPO (Initial Public Offering, o Oferta Pública Inicial) de forma confidencial ante la SEC —el regulador bursátil de Estados Unidos— en mayo-junio de 2026, con una meta de cotizar en septiembre u octubre.
La valoración apuntada: más de un billón de dólares. Sus números de negocio son impresionantes y contradictorios al mismo tiempo.
La empresa genera aproximadamente 2 mil millones de dólares al mes en ingresos, unos 25 mil millones anualizados. Sin embargo, gasta más de lo que gana: pierde 1,22 dólares por cada dólar que ingresa.
No espera ser rentable hasta alrededor de 2030.
¿Cómo puede ser que una empresa que pierde dinero valga un billón de dólares?
Bienvenidos al siglo XXI.
El negocio que Wall Street está comprando
Aquí está la parte que hace que la valoración resulte difícil de entender para cualquiera que no siga de cerca la industria de la IA.
Cuando compras un iPhone, compras un objeto.
Cuando pagas por ChatGPT, estás pagando por acceso a un sistema que puede responder preguntas, escribir código, analizar documentos, generar imágenes y realizar tareas que antes requerían diferentes herramientas y, en algunos casos, diferentes profesionales.
El producto no está en una caja. Está en los servidores. OpenAI ha conseguido convertir esa capacidad en un servicio utilizado por cientos de millones de personas y, al mismo tiempo, vender acceso a sus modelos a empresas y desarrolladores.
Ese modelo de negocio tiene una característica extraordinaria: una vez construido el sistema, puede distribuirse a una escala enorme. Pero hay una paradoja: Construirlo cuesta una fortuna.
Los modelos más avanzados necesitan enormes cantidades de capacidad de cómputo, centros de datos, chips especializados y electricidad. OpenAI está intentando convertir ese gasto gigantesco en una infraestructura de la que dependan usuarios, empresas y desarrolladores. La salida a bolsa será, en buena medida, una apuesta del mercado sobre si puede conseguirlo.
OpenAI no está sola.
La comparación más evidente es Anthropic. La compañía nació en 2021 después de una ruptura entre investigadores de OpenAI que tenían diferencias sobre cómo desarrollar inteligencia artificial de forma segura.
Su modelo se llama Claude y se ha convertido en uno de los principales competidores de ChatGPT. En mayo de 2026, Anthropic cerró una Serie H de 65 mil millones de dólares, con una valoración post-dinero de 965 mil millones de dólares.
El 1 de junio presentó su S-1 confidencial ante la SEC, con miras a cotizar en el Nasdaq en octubre de 2026. Los analistas estiman que su valoración en bolsa podría llegar a 1,1 o 1,25 billones de dólares. La comparación sirve para dimensionar la magnitud de lo que está ocurriendo.
OpenAI no está intentando convencer a Wall Street de que la inteligencia artificial vale un billón de dólares en un mercado vacío. Hay una carrera y hay más de una compañía intentando convertirse en la infraestructura de inteligencia que utilice el mundo.
Las sombras detrás del brillo.
Ninguna de estas historias llega a Wall Street sin complicaciones. OpenAI llega a su IPO precedida de turbulencia interna. Elon Musk —uno de sus cofundadores originales— demandó a la empresa argumentando que había traicionado su misión humanitaria al volverse comercial.
El juicio duró tres semanas en mayo de 2026 y terminó con la demanda desestimada por prescripción. OpenAI ganó legalmente, pero el juicio abrió al escrutinio público una pregunta incómoda: ¿Puede una empresa cotizada en bolsa —con presión trimestral de accionistas— mantener como prioridad real la seguridad de la IA?
Simultáneamente, el Congreso de Estados Unidos abrió una investigación sobre el portafolio de inversiones personal de Sam Altman, el CEO de OpenAI. Según reportes, Altman tiene participaciones de más de 2 mil millones de dólares en empresas que hacen negocios con OpenAI. Eso plantea un posible conflicto de intereses, y Wall Street lo está observando.
El problema de salir a bolsa.
Hasta ahora, OpenAI ha podido tomar decisiones dentro de una estructura corporativa extraordinariamente particular: Una vez que cotice públicamente, tendrá que responder ante accionistas, el mercado exigirá crecimiento, los analistas pedirán rentabilidad.
Cada trimestre habrá que explicar cuánto cuesta desarrollar los próximos modelos, cuánto generan los productos y cuándo llegará la rentabilidad, y esa presión puede cambiar la compañía.
Porque la pregunta ya no será solamente qué puede construir OpenAI. Será qué está dispuesta a hacer para que el mercado siga creyendo que vale un billón de dólares. Ese es quizá el verdadero cambio que implica la salida a bolsa.
Por qué esto nos importa a todos.
No hace falta tener acciones en ninguna bolsa para que esto te afecte. Cuando OpenAI cotice, cualquier persona con una cuenta de inversión podrá comprar una fracción de la compañía que está ayudando a redefinir cómo trabaja el mundo, eso democratiza el acceso al potencial económico de la IA.
Pero también significa que una de las empresas tecnológicas más importantes de esta generación quedará sometida a las mismas fuerzas que cualquier otra compañía pública: Crecimiento, rentabilidad, expectativas trimestrales, presión de los accionistas.
La pregunta que queda flotando es qué ocurre cuando una tecnología que todavía está cambiando a una velocidad extraordinaria tiene que empezar a comportarse como una empresa que el mercado pueda valorar cada tres meses.
Por ahora, Wall Street tiene una respuesta provisional: más de un billón de dólares. Y ese número, guste o no, va a moldear lo que pase después.