miércoles, 23 de septiembre de 2026

Brasil divide entre China y Estados Unidos su apuesta por la IA

Brasil quiere reducir su dependencia tecnológica, pero para lograrlo recurrirá primero a quienes dominan la carrera de la IA. Con una inversión de 444 millones de dólares, el país construirá infraestructura de supercómputo con tecnología de China y Estados Unidos, una apuesta que busca convertir capacidad extranjera en talento, infraestructura y negocios propios.

Brasil quiere dejar de mandar buena parte de su inteligencia artificial al extranjero. El problema es que, para conseguirlo, primero tendrá que comprar tecnología extranjera. Y no poca.

Hoy, alrededor de 60% del procesamiento de inteligencia artificial que utiliza Brasil ocurre fuera del país. Cada vez que una empresa necesita entrenar un modelo complejo, un centro de investigación requiere capacidad extraordinaria de cómputo o una institución pública quiere desarrollar determinadas aplicaciones, una parte importante de ese trabajo depende de infraestructura instalada en otro lugar. Es una situación incómoda para una economía que aspira a convertirse en protagonista regional de la IA y que ayuda a explicar una decisión que, a primera vista, parece contradictoria.

El gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva anunció una inversión cercana a 2,300 millones de reales, unos 444 millones de dólares, para aumentar radicalmente su capacidad de supercómputo dedicada a inteligencia artificial. Pero en lugar de entregar todo el proyecto a un mismo proveedor, Brasil dividió la apuesta entre los dos países que protagonizan la mayor disputa tecnológica del momento: China y Estados Unidos.

Una computadora china y otra estadounidense

Una parte de la historia ocurrirá en Río de Janeiro. Allí, alrededor de 1,300 millones de reales financiarán infraestructura de supercómputo con participación de las compañías chinas Huawei e iFlytek. El plan contempla capacidad para desarrollar grandes modelos de lenguaje, incluidos sistemas especializados y modelos en portugués, pero hay una palabra que aparece junto a las máquinas y ayuda a entender mejor la estrategia brasileña: transferencia. Brasil no quiere solamente comprar capacidad de procesamiento; quiere que el acuerdo deje tecnología, investigación y conocimiento dentro del país.

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La otra parte ocurrirá a más de 2,000 kilómetros de distancia, en Rio Grande do Norte. Ahí el gobierno planea invertir poco más de 1,000 millones de reales en un supercomputador dedicado a IA que utilizaría tecnología de Nvidia. Si alcanza los aproximadamente 7,200 petaflops previstos, el salto será enorme. Santos Dumont, actualmente el supercomputador más poderoso de Brasil, ronda los 27 petaflops. La comparación ayuda a imaginar la diferencia: no se trata simplemente de comprar una versión más rápida de la máquina que ya existe, sino de cambiar la escala a la que el país puede experimentar con inteligencia artificial.

El nuevo sistema tendría capacidad suficiente para aspirar a un lugar entre las diez infraestructuras de IA más potentes del mundo y estaría disponible para empresas, universidades, centros científicos y dependencias gubernamentales. Es ahí donde los miles de petaflops dejan de ser una cifra para especialistas y se convierten en una historia de negocios.

Imaginemos una empresa brasileña que quiere desarrollar un modelo para detectar enfermedades, anticipar problemas en una cosecha o mejorar un proceso industrial. El algoritmo puede desarrollarse en Brasil y el talento puede estar en Brasil, pero si la capacidad necesaria para entrenarlo está en otro país, una pieza esencial del negocio sigue fuera. Hay que pagar por ella, depender de su disponibilidad y, en algunos casos, enviar datos para procesarlos en infraestructura extranjera.

Brasil quiere empezar a traer esa pieza a casa.

Sentar a China y Estados Unidos en la misma mesa

La apuesta resulta todavía más interesante porque Brasil no intenta resolver esa dependencia cerrando la puerta a la tecnología extranjera. Hace exactamente lo contrario. Mientras Washington y Beijing compiten por chips, modelos, centros de datos y cadenas de suministro, Brasil decidió utilizar a ambos. Huawei e iFlytek entran por una puerta; Nvidia, por la otra. En vez de elegir entre el ecosistema tecnológico chino y el estadounidense, intenta aprovechar los dos para construir capacidad propia.

Es una estrategia pragmática. Brasil no fabrica hoy los procesadores que necesita para competir en IA y tampoco cuenta con una alternativa doméstica capaz de sustituir toda la tecnología que ofrecen esas compañías. Esperar a tenerla significaría llegar todavía más tarde a una carrera que ya avanza con enorme velocidad. Así que el país parece haber elegido otro camino: comprar primero las herramientas que no puede producir y utilizarlas para intentar desarrollar aquello que sí puede construir.

Por eso los supercomputadores son sólo una parte de la historia. El Plan Brasileño de Inteligencia Artificial contempla alrededor de 23,000 millones de reales entre 2024 y 2028 para infraestructura, innovación empresarial, formación de talento y aplicaciones en salud, agricultura, educación y servicios públicos. En Rio Grande do Norte, por ejemplo, el proyecto también contempla formar a unos 5,000 brasileños durante los próximos cinco años.

Ese número puede parecer modesto al lado de una máquina capaz de realizar miles de billones de operaciones, pero quizá sea la apuesta más importante. Un supercomputador comienza a envejecer prácticamente desde el día en que se instala. Las personas que aprenden a utilizarlo pueden crear empresas, aplicaciones y conocimiento mucho después de que llegue una nueva generación de procesadores.

Una apuesta que Latinoamérica debería mirar

La experiencia brasileña plantea así una pregunta particularmente relevante para América Latina. La conversación mundial sobre inteligencia artificial suele concentrarse en quién tiene el modelo más poderoso o qué compañía está más cerca de la siguiente gran frontera tecnológica. Para países que difícilmente pueden igualar los miles de millones que OpenAI, Google, Meta, Anthropic o las grandes tecnológicas chinas destinan a esa competencia, quizá ésa no sea la única carrera que vale la pena correr.

Brasil parece haber decidido competir en otra parte de la cadena: quiere capacidad de cómputo dentro del país, personas capaces de aprovecharla y empresas que puedan construir sobre ella. Todavía necesitará chips estadounidenses, tecnología china y proveedores extranjeros. Nada de esto significa que haya alcanzado la soberanía tecnológica.

Pero ahí está precisamente lo interesante de la historia. Brasil quiere reducir su dependencia de las dos grandes potencias tecnológicas sin esperar a dejar de necesitarlas. Para conseguirlo, primero tendrá que sentarlas a las dos a la mesa.

La verdadera prueba comenzará después, cuando sepamos cuánto de lo que compró a China y Estados Unidos consiguió convertir en tecnología, talento y negocios brasileños.

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