Desarrollado en Oaxaca, su sistema combina biotecnología, sensores e inteligencia artificial para instalar granjas cerca de quienes consumirán su producción.
El tercer piso de un edificio industrial en Nueva Jersey parece un lugar improbable para criar camarones. Sin embargo, fue el espacio que Atarraya encontró para responder a un encargo concreto: establecer una granja a menos de una hora de Manhattan y abastecer al mercado neoyorquino con producto fresco.
La empresa de origen mexicano tenía una tecnología para hacerlo, pero también un problema. Su modelo de granja en contenedores era demasiado pesado y su fabricación e instalación requerían al menos siete meses. El edificio y el calendario exigían otra solución.
La respuesta fue Shrimpbox Air, una versión más ligera y adaptable de su sistema de producción. Según el relato publicado por su fundador, Daniel Russek, en mayo de 2025, el equipo renovó el espacio, fabricó los equipos en México, los exportó, instaló la granja e introdujo los primeros camarones en diez semanas.
La escena resume la propuesta de Atarraya: acercar la producción al lugar donde se venderá el alimento. Para conseguirlo, necesita reproducir y mantener las condiciones que permiten crecer a los camarones, aunque afuera haya edificios, tráfico o frío.
Una granja que también procesa datos
Los primeros prototipos de Shrimpbox se ensamblaron en Guapinole, Oaxaca. El proyecto reunió conocimientos de biología, ingeniería y programación para convertir un contenedor en una unidad de producción acuícola.
Dentro de ese espacio, criar camarones implica vigilar mucho más que su crecimiento. La temperatura, el oxígeno y la calidad del agua deben mantenerse en condiciones adecuadas. La alimentación también exige control: una cantidad insuficiente afecta el desarrollo; el exceso desperdicia recursos y agrega residuos al sistema.
Atarraya integra sensores, software y equipos automatizados para atender esas variables. Su sistema utiliza IA para apoyar el monitoreo del agua y la regulación de temperatura, oxigenación y alimentación. La plataforma también permite gestionar la operación a distancia.
Esa vigilancia tiene consecuencias muy concretas. Una falla en el suministro de oxígeno puede provocar pérdidas en poco tiempo. Por ello, además de automatizar procesos, el sistema envía alertas para que los responsables intervengan cuando sea necesario.
La IA participa así en una tarea menos vistosa que generar imágenes o escribir respuestas: mantener un entorno de producción en condiciones estables.
Los microorganismos hacen parte del trabajo
La otra pieza central es el biofloc, una tecnología que aprovecha comunidades de microorganismos dentro del agua. Estas ayudan a procesar residuos y mantener el ambiente de cultivo, reduciendo la necesidad de recambiar agua.
Su funcionamiento depende del equilibrio biológico y de una operación cuidadosa. El software coordina parte de esa operación, mientras los equipos ejecutan tareas como airear el agua y distribuir alimento.
La combinación permite trasladar conocimientos especializados a un sistema con procedimientos más consistentes. Instalar tanques es apenas el comienzo: el desafío es lograr que la granja funcione día tras día y que sus responsables puedan identificar y atender las desviaciones.
Acercar la granja al comprador
Para Atarraya, producir lejos de la costa tiene un propósito comercial: reducir la distancia entre el cultivo y el consumidor. Una granja próxima al mercado abre la posibilidad de vender camarón fresco con recorridos más cortos.
La experiencia en Nueva Jersey también mostró que el formato debía adaptarse. El contenedor original ofrecía movilidad y resistencia; un edificio existente exigía equipos más ligeros. La empresa conservó la biotecnología y la plataforma de software, pero modificó el diseño de los tanques.
Su sitio identifica operaciones en Oaxaca, Indianapolis y Nueva Jersey. El reto para extender el modelo incluye controlar los costos de energía, mantener la salud de los animales y conseguir compradores que hagan viable cada instalación.
Atarraya lleva la IA a una actividad donde una decisión digital termina por modificar algo físico: el alimento que reciben los camarones o las condiciones del agua en la que crecen. Su propuesta coloca tecnología desarrollada en México dentro de una cadena alimentaria y busca cambiar el punto desde el que comienza el viaje hacia el plato.