Nvidia lidera una cruzada pública por la «democratización» de la inteligencia artificial mientras negocia cientos de miles de millones de dólares para consolidar la infraestructura de cómputo más cerrada del planeta.
El 24 de julio, Jensen Huang hizo algo que nunca había hecho: publicar en X. Y lo hizo para compartir una carta abierta. El mensaje, dirigido a Washington, defendía algo que suena muy noble: que la inteligencia artificial de pesos abiertos, es decir, aquellos modelos que cualquiera puede descargar, adaptar y ejecutar, es la base del liderazgo tecnológico estadounidense y no debe restringirse.
“La IA transformará todas las industrias, impulsará todas las empresas y será desarrollada por todos los países. Los modelos abiertos refuerzan la seguridad y la ciberseguridad, aceleran la innovación y la difusión, y permiten la soberanía. El mundo necesita tanto modelos cerrados como modelos abiertos de vanguardia”, dijo Jensen Huang.
Pero, detrás de ese tuit hay una historia mucho más compleja que un CEO defendiendo la apertura tecnológica. Es una historia sobre quién controla el cómputo del futuro, cómo se construye el enemigo geopolítico perfecto, y por qué el discurso de la «democratización» convive, sin ningún pudor, con la concentración de poder más grande que ha visto esta industria.
Pero, vamos por partes. La carta que Huang compartió estaba firmada por unas 25 compañías, entre ellas: Nvidia, Microsoft, Meta, Dell, Palantir, Hugging Face, IBM, Mozilla, Mistral, CrowdStrike y The Linux Foundation, y fue organizada por la firma de capital de riesgo Andreessen Horowitz. El argumento central compara el momento actual de la IA con el surgimiento del software de código abierto en los años ochenta: aquel movimiento generó un ecosistema transparente que terminó sosteniendo internet y buena parte de la infraestructura pública y militar estadounidense.
La carta tiene nombre oficial: «Open Weights and American AI Leadership». Son tres páginas alojadas como PDF en los propios servidores de Nvidia (un detalle que ya dice algo sobre quién llevó la pluma) y organizadas con el respaldo de la firma de capital de riesgo Andreessen Horowitz. Arranca con un repaso histórico del software de código abierto en los años ochenta, y de ahí pasa a su tesis central: el liderazgo de Estados Unidos en IA no se va a medir por un solo modelo de frontera, sino por si el país construye un ecosistema abierto que se difunda en cada sector de la economía.
Los cuatro puntos concretos que pide:
- Ampliar el acceso a cómputo para startups e investigadores
- Financiar activos de entrenamiento compartidos (datasets, marcos de evaluación…)
- Evitar restricciones prematuras a modelos abiertos que «sofoquen la competencia o empujen la innovación fuera del país»
- Fortalecer las capas de aplicación para que el uso soberano se difunda por toda la economía
La lógica de fondo es que si los modelos abiertos permiten que múltiples actores compitan, desde startups hasta gobiernos, las ganancias de la IA se reparten más ampliamente. Si se concentran en unas cuantas API cerradas, el poder también se concentra.
Sam Altman, cuya empresa OpenAI no firmó la carta, la respaldó igual: dijo que quiere que Estados Unidos gane tanto en código abierto como en modelos propietarios. Elon Musk también la secundó públicamente.
Ni OpenAI ni Anthropic aparecen entre los firmantes originales. Durante el fin de semana posterior, se sumaron OpenAI, Google y SpaceX. Para el lunes 27 de julio, todos los grandes laboratorios estadounidenses habían firmado, menos uno: Anthropic, que se quedó sola. La ironía no pasó desapercibida en Silicon Valley, porque Anthropic había defendido una postura similar apenas en junio.
Su alternativa se llama Project Glasswing: un programa que da acceso anticipado a sus modelos más potentes, incluido uno especializado en ciberseguridad, a organizaciones verificadas, como investigadores de seguridad o agencias de gobierno de confianza, pero sin liberar los pesos. Es un intento de capturar parte de los beneficios de la apertura (más gente construyendo defensas, más transparencia) sin asumir el riesgo de que cualquier actor, sin importar sus intenciones, pueda descargar el modelo y quitarle los controles de seguridad
Kimi K3 y la acusación sin pruebas
Otra cosa muy importante es que carta no salió en el vacío. Ocho días antes, el 16 de julio, la startup china Moonshot AI había lanzado Kimi K3: un modelo de pesos abiertos con 2.8 billones de parámetros, el más grande publicado hasta ese momento, que además costaba una tercera parte de lo que cuesta Claude Fable 5 de Anthropic y lo superaba en generación de código.
Seis días después de ese lanzamiento, el 22 de julio, Michael Kratsios, director de la Oficina de Política de Ciencia y Tecnología de la Casa Blanca, publicó en X una acusación grave: Moonshot habría destilado en secreto el modelo Fable de Anthropic para construir K3, operando una plataforma sofisticada diseñada para evadir la detección.
Kratsios también insinuó que la empresa china pudo haber conseguido chips Nvidia GB300 pese a las restricciones de exportación.
El problema es que la acusación no vino acompañada de nada verificable. No hubo registros de solicitudes, muestras de datos, análisis técnico ni fechas de actividad que sustentaran el señalamiento.
Especialistas consultados por medios especializados dudan de que dos semanas sean suficientes para destilar, entrenar y lanzar un modelo con la robustez de K3. Y aunque Anthropic sí había reportado en febrero haber identificado más de 3.4 millones de intercambios con Claude atribuidos a Moonshot, provenientes de cientos de cuentas falsas y concentrados en programación, razonamiento y visión, la propia compañía nunca concluyó que esa actividad se tradujera específicamente en el desarrollo de K3.
Moonshot, por su parte, no ha respondido públicamente a ninguna de las acusaciones.
El patrón no es nuevo. Cuando DeepSeek irrumpió meses atrás, tanto Google como OpenAI lanzaron acusaciones casi idénticas. Cada vez que un modelo chino barato y competitivo aparece, la respuesta inmediata de Washington y Silicon Valley es la misma: seguro copiaron.
Es en ese ambiente de acusación sin pruebas, pánico geopolítico, amenaza de restricciones generalizadas, es donde aparece la carta de Huang, dos días después del tuit de Kratsios. Y ahí está el asunto: si el argumento de «los modelos abiertos son un riesgo de seguridad nacional» gana terreno en Washington, no solo golpearía a China.
También pondría en riesgo el ecosistema abierto estadounidense del que depende buena parte del negocio de Nvidia.
La ironía de la ciberseguridad: cuando Estados Unidos necesitó un modelo chino
Semanas después, Nvidia dio un paso más allá de la carta: anunció formalmente la Open Secure AI Alliance, respaldada por casi 40 empresas, entre ellas Adobe, Microsoft, Hugging Face, Palantir, OpenClaw y SpaceXAI. El argumento evolucionó, pues los modelos abiertos son indispensables para defenderse de ataques cibernéticos, y que cerrar el ecosistema en nombre de la seguridad en realidad la debilita.
El ejemplo que Nvidia usó para sostener esa tesis es revelador. Según su propio comunicado, modelos de OpenAI lograron escapar de un entorno de prueba controlado y vulnerar la infraestructura de Hugging Face, extrayendo información sin autorización.
Para contener el ataque, Hugging Face recurrió a GLM 5.2, un modelo chino de código abierto, porque las restricciones de seguridad de las alternativas cerradas occidentales limitaban su capacidad de reaccionar con la velocidad necesaria.
Vale la pena decir que la fuente de este incidente es, hasta ahora, el propio comunicado de prensa de Nvidia, no una cobertura independiente verificada.
Pero si el relato se sostiene, la ironía es enorme: en la misma semana en que Washington acusaba a una empresa china de robar tecnología estadounidense, una de las plataformas más importantes del ecosistema abierto occidental tuvo que salvarse con código abierto chino, porque las herramientas cerradas de Estados Unidos no le servían para defenderse de un ataque generado por otra IA estadounidense.
Los números que desmienten el discurso
Mientras Huang habla en X de evitar que las ventajas de la IA se concentren en pocas manos, Nvidia negocia, según reportó The Wall Street Journal, garantizar cerca de 250,000 millones de dólares en financiamiento para que OpenAI construya un centro de datos de 10 gigavatios en el sur de Ohio, arrendado a la filial energética de SoftBank.
El proyecto completo, incluyendo los chips, podría superar los 500,000 millones de dólares.
Esa cifra se suma a un historial ya abultado: en la ronda de financiamiento que OpenAI cerró a finales de marzo: 122,000 millones de dólares, con una valoración posterior de 852,000 millones, Nvidia comprometió 30,000 millones, junto con SoftBank (40,000 millones) y Amazon (50,000 millones).
Nvidia también está negociando financiar hasta 350,000 millones de dólares en compras de chips por parte de OpenAI. Y por si fuera poco, la compañía anunció por separado una alianza con el grupo surcoreano SK por más de 500,000 millones de dólares para construir infraestructura de IA, incluyendo una nube de dos gigavatios en Corea del Sur.
Es decir, mientras el discurso público defiende la apertura y la distribución del poder, el dinero real se mueve exactamente en la dirección contraria, apostando todo a consolidar la relación entre un puñado de gigantes.
Quién decide, y quién queda fuera
El acceso a la energía que alimentará ese centro de datos en Ohio, parcialmente financiada por Japón como parte de un acuerdo comercial de 33,000 millones de dólares, está siendo decidido directamente por el gobierno estadounidense.
El secretario de Comercio, Howard Lutnick, participa en la definición de quién tiene acceso. OpenAI, Anthropic, Microsoft y Google han estado conversando con él en las últimas semanas para asegurar su lugar.
Se trata de un grupo reducido de corporaciones negociando, mesa por mesa, con el Estado, quién obtiene la energía y el cómputo que definirán la próxima década de esta tecnología.
Y en esa mesa no hay un solo asiento para América Latina. La conversación sobre «apertura» que domina Washington y Silicon Valley se libra entre gigantes: Estados Unidos, China, Japón, Corea del Sur.
La región sigue en el lugar de siempre, como receptora de las decisiones que otros toman sobre la infraestructura que eventualmente va a moldear su economía, su educación y su soberanía digital, sin que su ausencia siquiera se mencione en la discusión.
El tema ya no es si los modelos abiertos son buenos o malos, sino ¿de quién es la apertura de la que están hablando?